J.A.H.G. / MCS-OBISPADO

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Parsimoniosamente, de la misma manera que ha recorrido su intensa vida, el padre Antón Solé ha franqueado el lago trayecto de su enfermedad y se ha despedido de nosotros repitiendo aquel saludo que tantas veces nos dirigió desde su juventud: “hasta luego”. Constante, tranquilo y paciente, ha culminado las diferentes tareas que se propuso realizar, mostrándonos y explicándonos dos de sus hondas convicciones: la primera que, mucho más importante que las metas, son las sendas que nos llevan a ellas, y la segunda que la función común de todos nuestros trabajos consiste en sembrar para un futuro trascendente. Autor y actor de su propia vida, desde muy pequeño decidió elaborar un guión e interpretarlo de manera rigurosa y libre, aplicando las pautas evangélicas como claves para vivir la vida.

En su vida sacerdotal y profesional no sólo ha mostrado una insaciable avidez de conocimiento teológico, histórico y artístico, sino también una necesidad irrenunciable de soñar manteniendo un sabio equilibrio entre la cultura y la fe, entre la belleza natural y el arte elaborado. Pablo era un ser admirable y, sobre todo, admirador. Tengo la impresión de que estaba permanentemente asomado a esa ventana que nos abre la posibilidad de fijarnos y de apreciar las cosas buenas y de participar en los aspectos más positivos de nuestra corta existencia. No es que confundiera la admiración con la ingenuidad del que todo le parece bien porque tiene una visión bobalicona de la vida, sino que su habilidad -su arte- consistía en mirar con buenos ojos –los de la historia, los del arte y los de la fe- a las gentes y a las cosas, contemplando los aspectos positivos de cada persona, para aprovecha la oportunidad de ayudarles y, al mismo tiempo, de pasarlo mejor.

De manera lenta, con el fin de asegurar sus pasos, y de forma silenciosa, para no despertar recelos, Pablo ha recorrido el largo y ascendente camino que le llevaría a ejercer el ministerio sacerdotal haciéndolo compatible con sus otras irrenunciables vocaciones: la de investigador científico y la de profesor universitario. Sus trabajos sobre la historia de la Iglesia Diocesana, sus clases sobre Historia del Arte, sus tareas como bibliotecario y archivero, y sus oficios como párroco y, después, como canónigo de la Catedral han constituido unas piezas complementarias de ese modelo personal que, desde su juventud, él mismo diseñó como ideal de su servicio a Jesús, a la Iglesia y a la sociedad. A pesar de sus limitaciones físicas, este sacerdote, paciente y constante, nos ha ofrecido durante medio siglo un estimulante ejemplo de compromiso intelectual y eclesial. Que descanse en paz.