DIARIO DE CÁDIZ

INICIO

  • Ha sido coadjutor y párroco en Conil y en Tahivilla, notario del Obispado y canónigo en la Catedral de Cádiz
Padre Mateo Silva Romero
Padre Mateo Silva Romero

Los diversos y convergentes mensajes que el padre Mateo Silva emite desde el altar, cuando preside la celebración de la Eucaristía, y desde el confesionario, cuando nos ofrece el sacramento de la reconciliación, y las muestras de cordial amabilidad con las que, cuando en compañía de su hermana María pasea por la Avenida, nos transmiten una información suficientemente clara de su manera personal de interpretar el ministerio sacerdotal y de su peculiar forma de vivir la vida cristiana.

Serio y respetuoso con las normas litúrgicas, acogedor y comprensivo con los fieles que acuden en demanda de perdón, y amable y cariñoso con los amigos que nos cruzamos en nuestros recorridos vespertinos, el padre Mateo nos muestra que él lee y explica los significados de los episodios cotidianos siguiendo las claves evangélicas. Él está convencido de que la conducta servicial y las palabras claras de Jesús de Nazaret constituyen el modelo más fiable y más transparente para marcar las líneas que han de orientar el ejercicio del ministerio sacerdotal en la sociedad actual.

En los diferentes cargos pastorales que los sucesivos obispos le han encomendado, tanto como coadjutor y párroco en Conil o en Tahivilla, como notario del Obispado o como canónigo de la Catedral de Cádiz, este tarifeño afable y sencillo nos ha dado, durante medio siglo, unas elocuentes muestras de su notable capacidad para, de una forma modesta e intensamente vital, generar a su alrededor un confortable clima fraternal y una densa atmósfera de amistad. Es posible que esa manera de interpretar las actividades pastorales tenga mucho que ver con el ambiente cálido que él siempre ha respirado en su hogar.

En la actualidad, a pesar de las limitaciones impuestas por los achaques, el padre Mateo, sin dar muestras de desaliento, sigue siendo un servidor de la comunidad que, mediante el testimonio, nos enseña a mirar más allá infundiéndonos ilusión, brindando su amistad, enseñándonos el misterio de la Iglesia y preparándonos para afrontar la vida de una manera esperanzada. Con sus palabras y también con sus silencios, nos ofrece un permanente testimonio de su confianza en Dios y de cariño agradecido a su Virgen de la Luz, la Patrona de su pueblo. Con esos gestos cordiales, él nos demuestra que, además de buena persona, es un creyente que ama con pasión a la Iglesia y un sacerdote que, discreta y modestamente, desea servir a los hombres, sus hermanos.

Con ánimo comprensivo y compasivo, Mateo siempre está dispuesto a responder a nuestras demandas. Su profunda piedad dota de sentido a la lucha por la vida, y su sentida oración -Pan y Palabra- es la expresión de su amor a Jesús de Nazaret. Él siente y vive la oración como respuesta a su necesidad primordial de alimentar sus ansias de bienestar. Es impensable -nos repite una y otra vez- que un creyente viva sin oración. Su figura es para nosotros la representación gráfica de lo sencillo que resulta a la gente de buena voluntad explicar con hechos las sendas que llevan a la construcción de un mundo más habitable. Con su densa manera de estar callado y, sobre todo, con sus actitudes pacientes -aunque no resignadas-, logra una eficacia que difícilmente alcanzan las deslumbrantes campañas publicitarias: refleja el ideal de una vida humana plena en el sentido más hondo y más completo de esta palabra. Sus gestos constituyen una respuesta directa a los interrogantes fundamentales de la existencia humana y una alternativa válida a esta vida de agitación, hastiada de tanto ruido vacío y de tanta vanidad ensordecedora. El día 29, festividad de San Pedro y San Pablo, cumplirá medio siglo de un servicio pastoral que se ha caracterizado por su fidelidad a la médula de Evangelio, por su lealtad a los sucesivos obispos, por su colaboración con los compañeros sacerdotes y por el servicio generoso a los feligreses.